© 2019 Romualdo Abellán.

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Encabezado de la pieza: "Escritos infames". Recorte incompleto del Volumen XII, "Expiaciones de un insecto". Encontrado por Juan Carlos Mupocenone en la tasación de los bancales de Can Ternero. Extraño artefacto de tecnología escrita, depositado en un disco de almacenamiento físico, una "alacena" epocal carcomada. De su vientre se extrajeron de informes generosos y muy ricos en materia bárbara del viejo mundo del siglo XXI.

 

     

    «Se revuelven los aromas. Vapores de vómito y orín. Hay que tener en cuenta que éste no es un vómito cualquiera. Es el aroma desprendido por un shawarma a medio digerir, enmarcado en el pavimento público como una dolorosa costra que no quiere ser despegada. Este olor tan característico está por todas partes. Caliente, acosador, insatisfecho. Es como la invasión de la masa madre cuando sus fermentos son tostados en un horno. El sol es húmedo. Un sol viejo y arrugado. La bahía arrebujada de yates, que siguen su travesía como programadas hormigas de sal. En un misterioso momento del alba, el espacio público se vuelve carnavalesco: queda convertido en retrete universal. La aurora de rosados dedos, reliquia de los griegos antiguos al evocar los tímidos rayos de sol al amanecer, es en este pueblo convertida en la aurora del cagadero más mediocre al sur de Europa. Pero este tampoco es un retrete al uso. El meado que siembra las calles es el resultado de largas y sacrificadas horas de consumo de alcohol, expulsado al rato por una vejiga al borde del estallido. Los charcos de orín aparecen a cada par de metros, lunares resecos en un costillar urbano. El color de la chatarra muerta es el encuentro cromático que resulta cuando la orina se mezcla con los vómitos bajo el disco solar. Obra de rotunda expresividad posmoderna. Este es el característico paisaje en Sant Antoni de Portmany, municipio de extraños contrastes al oeste de la moderna isla de Ibiza.

    Entrada la mañana, los operarios del servicio de limpieza se pelean con los tropezones de comida rápida. Gotelé indigesto de las vías púnicas. Si logran sortear estas mortales adversidades, se enfrentan a la acelerada putrescencia que emanan los superpoblados contenedores de basura. Aparecen las botellas que se multiplican por jardineras y rincones como un banalizado milagro cristiano. Allá donde miran los ojos, bolsas con restos de algo que únicamente puede remitir a gelatina alienígena. Todo ello sin menoscabar los envases aceitosos de salsa de yogur fermentada y el frondoso mantillo de sempiternas patatas fritas. Manifiesta la orgía de gérmenes, el lector debe darse cuenta de un dato importantísimo: él también es actor. También está ahí, de algún modo. Porque ese vómito y esos meados son los que, a escala microfísica, escalan por sus fosas nasales y llenan los pulmones de su ciudad. Ciudad cuyo aire luego respirara él, aire que secretamente le dará el oxígeno a su corazón, corazón que moverá la razón de su ser.

 

     Porque aquel que mea, vomita, fornica y destruye sus calles, las calles que vio engullidas por el Caín de la construcción compulsiva y el arribismo, también forma parte de su misma y extraña especie. Porque su especie, dicen algunos agoreros, come también de ese ladrillo. El lector, que deviene ahora protagonista de todo este relato, debe entonces aclarar estas cuestiones mientras se da cuenta que la suela de sus zapatos se marida con el suelo que pisa. Los azúcares gelatinosos y las salpicaduras de bilis crean una biosfera al entrar en comunión con la orina. ¡Dios guarde al paseante de ir en chanclas! Y ante esa gris melodía de las chicharras, nostálgicas como mariachis del viejo Mediterráneo, el lector, que ahora se reconoce como héroe maldito de este sórdido cuento, amenizará su alma con la declamación gutural de mozos de la industrial Gran Bretaña e instruidos juglares italianos. ¡Caros hijos de reyes y emperadores que la historia nos devuelve en hordas cuyo vicio no conoce fin! Igual que el alma no sabe cuándo echar anclas en materia de sufrimiento y amor... 

 

     El lector, que fue actor, que devino protagonista, que se reconoció como héroe maltrecho, se resguarda ahora de la lluvia de cláxones que anticipan una Babel monstruosa. Si existe el infierno, debe ser éste. Sin duda. Selva satánica de berridos, escupitajos, desidia intelectual, mofa e insultos en una docena de jergas, dialectos y lenguas aletargadas por las drogas, cuando no por la estupidez confesa. Acto de ironía irresistible, éste el de los extranjeros herejes, que como buenos posmodernos sienten asco y desprecio por las cosas que han convertido en asquerosas y despreciables. Percibirá el héroe grotesco, el héroe que es ahora tratado como payaso ante toda esa saliva internacional, la percusión de un corazón enfermo. Renquea en la lejanía: pum, pum, pum... El grave latido electrónico de algún chiringo de playa, playa que jamás volverá a ser playa. Playa que se privatiza, costa que también tiene amo. El payaso lugareño se quejará de este verano, que por alguna razón es más caluroso que otros veranos, es menos rentable, es menos comprensible, es algo sin igual, es otra temporada mala, es... ¡Qué le vamos a hacer! ¡Turquía, Turquía! ¡Ha sido por el mundial! El bufón esquivará a un par de mujeres semidesnudas y borrachas que, ante los aplausos de otra turba de hombres semidesnudos y borrachos, intentan evitar que el tanga se les meta muy dentro del culo. Una tarea de seria ejecución con altos tacones y cubatas. Cubatas en formato de pinta que derraman sobre Ibiza como sobre un Edén podrido.

     Brilla el mismo sol para todos los que se arquean bajo su capote. Los pinos se mecen en la distancia expectante. La mar se encoge de hombros, achaparrada. Los cuerpos sudorosos que ya salen en una masa sobre el grumoso pavimento, los años que pasan como una lenta erosión sobre la vida».