© 2019 Romualdo Abellán.

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EL TUBO

      Al contrario de lo que pensaba, estoy tranquilo. Tampoco sé por qué pensaba algo distinto. La angustia se ha desvanecido. ¿O ya no tengo fuerzas para pensar? No, todavía pienso. O murmuro, tampoco estoy seguro. Lo veo todo con claridad. La fina broza se me engancha en la planta de los pies. Antes, me dolían las llagas. Pero ya no siento los pies. ¿Hace un mes de este recuerdo o hace unas horas…? La verdad es que no siento nada, salvo algunos latidos de mi corazón. Parece que se me mueve todo el pecho. Estoy desnudo, pero no recuerdo haberme desnudado. Sigo andando. Pasan los metros, ¿o son tal vez kilómetros? He olvidado percibir el espacio. Noto que mi cuerpo se adentra en un profundo aletargamiento. Pero la mente resplandece. ¿Son estas mis piernas? ¿Y estas mis manos? Estoy como fino y pesado al mismo tiempo. No me noto. ¿Seguro que es mi cuerpo o estoy ocupando el cuerpo de otro…? Miro al frente. ¿He mirado por mí mismo o me han obligado a mirar? Veo la arboleda de pinos. Creo que me fijo más allá del vergel. No sé si lo he hecho o lo he imaginado. El alambre de espino desprende ese tintineo metálico. Pienso, no sé por qué, en las chicharras del último verano. ¿Fueron éste último verano o vuelvo a ser un niño? ¿Hubo alguna vez un verano aquí? No logro acordarme de ese verano. La valla, los pinos...

El cielo sin rostro. ¿Tengo yo rostro? ¿Quién soy yo...? Ah, sí, sí. Recuerdo… Y sigo andando. Me gritan algo en una lengua que no entiendo. No me había dado cuenta que voy el primero. No siento la presencia de los que me siguen. ¿Estamos haciendo una fila? Sí, una marcha. La última marcha, debe ser. Somos trapos vivientes. ¿O estamos ya muertos? Sí, ya voy recordando. Son los muchachos del pabellón. Reconozco el olor de cada uno de ellos. ¿O sueño que lo reconozco? No puedo girarme. ¿No puedo o no quiero? El guardia me grita algo, pero también se ríe. No sé por qué, me siento en otro sitio en el que estoy y no estoy a la vez. ¿Estoy perdiendo la cabeza? Creo que algo se descubre allí delante. Sí, es un módulo de ladrillo. Aquí es donde todo termina. ¿He dicho eso o lo ha dicho otro? Debe ser aquí, porque hay más guardias y se ríen mientras fuman. Noto el hedor de la carne quemada. Lo noto y lo veo. ¿O es mi hermano ya quemado que está a mi lado? Las fosas allí detrás, humeantes. Nos empujan. ¿O soy yo que me empujo? El aire metálico y frío. Nadie se revuelve. ¿De verdad estoy despierto? No, debo estar muerto. Tranquilos, hermanos míos. Ya ha pasado todo. ¿Todavía estamos vivos o seguimos muertos? ¿Todavía no ha empezado el final? No, esta vez parece real. No os encomiendo nada, hermanos. Porque llevamos tiempo muertos. Se mueven mis labios, pero tampoco los siento. Estamos arrebujados unos contra otros. ¿O es la fosa donde nos han tirado desnudos? Noto la humedad. Como una montaña de piedras… Yo ya no siento nada. El corazón mudo. ¿Son cabezas afeitadas? ¿O son cráneos calcinados...? La compuerta sellada, una luz extraña, de película mal revelada. Veo a través del ladrillo al amo del gas. Se me cierran los ojos. Todo negro. Luego nada.

 

     El hombre se despierta sobresaltado. Los miembros pesados.  Al fondo, una figura a contraluz emerge en el umbral del pabellón. Wstawac! Los presos hacen una fila tan pronto como caen los golpes y las vejaciones. Mecánicos sus miembros, se dirigen hacia “el tubo”. El cielo sin rostro, la arboleda más allá, los guardias riendo...