© 2019 Romualdo Abellán.

romualdoabellan@gmail.com

(+34) 637 359 926

DESDOBLAMIENTO

    I

 

     Con un invisible puñal, el caos asalta con toda su furia homicida. La resistencia que el ser humano posee frente a esta caída sigue pareciéndome un misterio. Los griegos nos enseñaron mucho sobre el tema. ¿Por qué a mí? ¿Qué he hecho para merecer este castigo? Nunca me parecieron preguntas bien planteadas. La primera, atiende al prurito del Yo. Los entresijos del cosmos —del que somos hijos reconocidos— van más allá de nuestras propias narices. Aunque este conocimiento nos resulte repugnante. Es más, insultante. Por otro lado, si reconocemos que somos el resultado de una evolución, la pregunta por la moral tiene poco recorrido. Si estamos hechos de la misma materia que las estrellas, los agujeros negros, las esferas de plasma y los satélites de Urano, la pregunta por el castigo carece de sentido. ¿Se preguntarán los agujeros negros si son merecedores de esos castigos? ¿Y la materia oscura? ¿Pensará ella también sobre el tormento de su inatendida existencia?

Los físicos tendrán que pelearse con sus revueltos hermanos, los (meta)físicos. Abel y Caín, ¡nada nuevo en esta vía láctea! Si por el contrario, creemos en un orden superior, llámalo Yahvé, Dios o Absoluto, la pregunta se vuelve aún  más difícil. Un interrogante tan viejo como el lenguaje. Incluso anterior. ¿Cómo una entidad superior va a permitir que nos azoten desgracias injustamente? ¿Qué clase de monstruo permite que los niños tengan cáncer, que la gente se muera de hambre o que los malvados tengan éxito en la vida? El camino de la teodicea es el del mártir Y para cuando nos queremos dar cuenta, nuestras fuerzas vitales han fracasado. Seguiremos en el mismo punto de inacción: ¿por qué a mí de entre todos los demás? ¿Qué he hecho?

     Mi neurólogo, poco aficionado a la ontología, ha sido circunspecto. Se lo agradezco. Héctor, las variables son infinitas, me ha dicho. No puedo decirte nada para complacerte. Lo siento. Podemos emplear nuevos fármacos con resultados muy positivos, ha añadido. Pero no existen los milagros, y esa historia ya me la sé. Perderás tus capacidades cognitivas y tu sistema nervioso colapsará, ultimó. Podría creer que es un tipo cruel. Dejarme llevar por el resentimiento es un dulce muy tentador. Mas sería en vano. Este doctor es sincero ante la caída. Dice la verdad y no la pierde de vista. Aunque desgarre. Luego de darme la noticia, me ha enseñado un gráfico. Me siento bien conociendo qué pasa microfísicamente en mi cerebro. Ha señalado problemas en una zona que se llama hipocampo, en la corteza cerebral y en los ventrículos. He entendido, más o menos, qué me está pasando y el abismo del porvenir. Es terrorífico, no voy a mentir. Todo va a disolverse como una aspirina en un vaso de agua.

     Tengo 42 años. Irónicamente, nunca he estado tan en forma. Hago deporte, pinto como si estuviese poseído, tengo dos preciosas hijas de diez y doce años, Selene y Anna, y estoy casado con una increíble compañera de viaje, Laura. Después de media vida, he conseguido que mi obra se exponga en un museo de arte contemporáneo de Chicago. Varios clientes de Turquía, Italia y Noruega están interesados en la compra de algunos lienzos de juventud. Además, una prestigiosa revista académica, especializada en filosofía estética, quiere publicar unos tratados que escribí hace años sobre las febriles pinturas negras de Goya. Jamás imaginé que la razón de mi Ser, la pintura, fuese a darme estas satisfacciones. La vida, en un orden siempre movedizo —aunque cálido y familiar— me estaba ofreciendo los mejores frutos que jamás pueden cultivarse fuera del jardín del Edén. Qué infame y estúpida puede parecer la existencia… Pero no quiero revancha. Todo tiene tanto sentido como yo quiera comprometerme a dárselo. No sé por qué, pero estoy tranquilo. Un poco cabreado, pero tranquilo. Al menos, me dará tiempo a comer algunos de esos frutos agridulces. ¿Se preguntaban lo mismo aquellos héroes atenienses al ver sus existencias fulminadas por el golpe de la desgracia? ¿Por eso lloraba Cristo sobre el Gólgota, tras haber sido abandonado por Dios, torturado en cuerpo y alma y finalmente traicionado por su mejor amigo? Tengo Alzheimer. Se acerca el ojo del huracán. Nunca antes he sentido tanta urgencia por pintar. No me doblegaré.


 

II

 

     No sé cuánto tiempo ha pasado. Los recuerdos están envueltos en una nebulosa, como una fina capa desfumato. No reconozco los fríos pigmentos del fondo. No hay fondo. Negro, sobre negro, sobre baho. Tengo unas notas cerca de mi atril. Hay varias de ellas, manchadas por los pinceles. Presto atención, aunque me duele la cabeza cuando me fijo demasiado en la letra. ¿Es mi caligrafía? Sí, creo que lo es. Escribo en un trozo de papel, al lado de esa primera nota. Comparo. Sí, no hay duda. Ese soy yo, hablando hace un año. ¿Puedo fiarme de mis notas? ¿Y si al escribirlas ya estaba siendo horadado por esta larva senil...? No, no puedo hacerme estas zancadillas. Conducen a lo que un alemán ya bautizó como “el eterno retorno de lo mismo”. Sólo que ahora es un imparable regreso nocivo, esclerótico, viciado. Miro por la ventana del estudio. El sol se pone, la madera del marco está caliente. Se cuelan rayos por la ventana, desocultando perlas de polvo. La luz, siempre es la luz… Con sus secretos, retorcimientos, carreras… Pero también nos arropa con la ley del alba, el mediodía y el atardecer. Nos saluda lanzando contra nuestros nervios ópticos el espectro de colores más hermoso sobre la tierra. ¿Cuánto tiempo llevo divagando…? Doy un sorbo al café. Todavía está caliente. Miro el lienzo pintado. Soy yo. Ese soy yo. ¡Ah! Ya recuerdo. Cumplo 44 años. No es mi mejor obra, al menos, no técnicamente. Pero la gracia, el bosque tupido de los ojos… ¿Tan mal aspecto tengo? Maldita enfermedad… Pero no, no. No cederé. Ese retrato soy yo, pliegues en el rostro, mirada de pozo, mandíbula de perro. Doy un sorbo a la taza. ¿Volveremos a vernos ese y yo?

 

III

 

     Observo el lienzo. Bebo de la taza que echa humo. Café dulce. Mucha azúcar, mucha leche. Siempre me gusta así. No sé si me gusta de otra manera. ¿Cuántas veces he tomado café? No sé. Me siento fatigado. Mejor no hacer un remolino en la cabeza. Estoy viendo el lienzo. Me frustro. No sé si ayer también lo hice. Ese que hay ahí no soy yo. Está mal pintado. Un ojo cuelga más abajo que el otro. La nariz se cae hacia la boca. No hay pelo. ¡Soy plomo y lengua de toro! Me derrito en la nada. Estoy como pegado al lienzo, aplastado, pringoso. Soy líneas y bultos. Espera, ¿soy yo? ¿Seguro? Aquí no hay nadie más... ¿Será un encargo? ¿Hace cuánto que llevo pintando…? Sí, debo ser yo. ¡Qué mal pinto! Creo que es la medicación. Tiemblo sin tener frío. El gusano, el gusano… El médico me habló, me advirtió. Sí, pero no sé cuándo. Me siento cansado y viejo. ¡El sol se pone! Esto siempre me anima. Me pego a la ventana. Miro el disco de plasma perderse. La perspectiva, la fuerza crepuscular. Qué potente visión. Nunca nos cansamos de ella. Ningún pintor, ¡ninguno! Todo es luz, preñada de color y vida. Luz y ausencia de luz. ¡Qué cosas! Vuelvo a perder el hilo, estoy mareado… Voy a levantarme y mirar de nuevo a ese del cuadro. Creo que es un amigo íntimo de mi mujer. ¿Y por qué demonios lo pinto…? Me suena de algo. ¿O soy yo? Maldita sea. Se me cansan los ojos, como si se me cayeran por la cara hasta los dientes. Me voy pareciendo más al tipo del lienzo… Doy un sorbo al café. Está muy frío.
 

 

IV

 

     Pinto. Escribo, pinto. El sol, ¡sol de flores holandesas! Madera, vidrio, pincel tibio… Tan poco tiempo… Pero me sé. Sí, yo sé que me sé. Queda poco, lo noto. Telaraña negra, tormenta. ¿Café? Sorbo fríos de infancia. Ahora me canta mi madre de aguja, cantan las chicharras. Tengo sed y hambre. Otoño, en el pueblo. Algarrobos viejos, sal, azul… azul… ¡Azul cerúleo! Como el alma, libre, libre. ¡Vuela! Yo quería decir algo. Mientras pueda. Quería ver mi obra. Terminada. Soy la nada. La veo porque pinto, porque escribo. Bebo. Frío. Soy un tachón, un carro de plomo. Garabato, polvo y estrellas. ¡Ese soy yo! Vencí. Mi alma sigue, sigue, hacia la nada. Y os digo. Mis vidas, mis esferas de plasma, Anna y Selene, ¡os conozco! No os enfadeis, no lloréis. Ha sido difícil, ¡camino de espinas! Pero vencí. Y os amé, mis lunas. Como hueso mío. Nada, nada, ¡no! Nada os borrará de mi ser. Y a ti, mi compañera, mi sol personal, a ti, Laura, te doy fuerza, verdad, amor. Amor, porque lo recuerdo. Porque es mío, porque es tuyo. Ya pasa, todo cambia. Viene, viene la noche. Sol de luna y silencio. Me despido, digno, claro de bosque. ¡Lucidez crepuscular! Pinto. Tengo 50 años. He vencido a la nada.