© 2019 Romualdo Abellán.

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Mi nombre es Romualdo, hijo de Romualdo segundo, nieto de Romualdo el primero, portador original de tal nombre. El asunto me atormentaba cuando era un crío, aunque ahora convivo con ello. Nací en Ibiza en un mundano noviembre de 1989. Nunca he estado interesado en la Retórica, sino en la Verdad enunciada por las Artes. Durante los últimos 10 años, he reflexionado sobre el tema que más me apasiona: el arte de contar historias. Estudié Realización de Audiovisuales, me enrolé en un curso completo de Operador de Cámara profesional, me hice fotógrafo al poco tiempo, me gradué en Literaturas Comparadas y defendí mi tesina sobre la tanatopolítica en las obras de Primo Levi en octubre del 2017, dentro del marco de un máster en Filosofía Contemporánea.

La dimensión en la que me he especializado dentro del arte de contar historias es esa parte que nos hace conectar y empatizar inmediatamente con las historias en sí mismas. Entonces, ¿qué me distingue de otro realizador, fotógrafo o escritor cualquiera?

Defiendo que superamos la mortalidad creando historias cíclicas sobre la vida y la muerte, la alegría y el fracaso. La ira de Aquiles mora dentro de nosotros, lista para ser prendida. Se nos pone a prueba todos los días, con la misma carga que Frodo Bolsón porta hasta los fuegos del Monte del Destino. Creemos en las cándidas palabras de Mulder: la verdad está ahí fuera. Nos sobrecogemos ante el siniestro cielo nocturno de Apocalypse Now y recordamos los susurros de Kurtz en el infierno de Conrad. Somos propulsados por los perturbadores sueños en los universos de Lynch y nos haríamos amigos platónicos de Andy Dufresne una y otra vez en la prisión de Shawshank. He estudiado, analizado e interpretado historias a través de todos los métodos y ópticas, desde neomarxismo hasta formalismo, historicismo, psicoanálisis, sociología…

Siempre carente de algo adicional, siempre reduciendo el arte de contar historias a una simplista fórmula, mi posición actual se basa en un acercamiento holístico: necesitamos contar historias, pues está programado dentro de nuestra esencia humana. No podemos escapar de ello, ni tampoco ignorarlo. Contamos historias para comprender cómo somos y para explorar los entresijos de nuestra compleja realidad. La magnificencia del Arte se basa en reconocer su abrumador poder: no puede ser reductible a una mera teoría. Siempre aborda el cósmico-absoluto. Pase lo que pase, seguimos formulándonos las mismas preguntas: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?

Estas son las razones por las que mis historias incluyen realización de audiovisuales, filosofía y literatura. Esa es la razón por la que siempre intento proyectar mi trabajo hacia una dimensión trascendente para que deje eco, generación tras generación. La vida muta, pues está diseñada con el propósito de generar más vida. La humanidad, por otra parte, nunca cambia. Es un eterno conflicto entre caos y orden, vida y muerte. La historia de ese conflicto es la historia que nos hace humanos.